Futuro de poder

Los pueblos ancestrales ya sabían hace miles de años, tal y como confirma hoy la ciencia moderna —o neurociencia—, que todo se compone de materia y energía. Y los seres humanos no somos una excepción. Su sabiduría abarcaba diferentes disciplinas: física, matemáticas, cultura, arte y espiritualidad. Tenían una visión holística del ser humano y eran conscientes de su interrelación e interconexión con el resto de los seres humanos y el universo en perfecta unidad.

Todos tenemos una dimensión física, otra mental y otra espiritual, tengamos o no consciencia de ella, que se interrelacionan y dibujan nuestra forma de Ser y estar en el mundo.

El grado de bienestar radica fundamentalmente en la armonía de estas dimensiones, tomando consciencia de su existencia y dando espacio a las necesidades de cada dimensión. Existe una relación sistémica entre las dimensiones, lo que significa que todo lo que ocurre en uno de los cuerpos afecta al resto. Cuidar de nuestro pensamiento, de nuestra conexión con nosotros mismos en interrelación e interconexión con el resto de seres humanos y con el universo en perfecta unidad, se manifiesta en nuestro cuerpo como señal de bienestar.

Este principio, ya presente en el Kybalion —que se ubica en el antiguo Egipto con miles de años de vigencia— y sustentado por la neurociencia actual, sugiere que en la base de nuestros pensamientos (conscientes e inconscientes) se gesta nuestra experiencia de vida, nuestra realidad. Durante mucho tiempo he creído que mis experiencias vitales habían conformado mi manera de pensar, mis creencias e incluso mis valores, pero tras estos últimos 10 años de un anhelo profundo de encontrar un camino de bienestar —es decir, de calma y de paz interna—, he podido comprobar que aquello que pienso y que creo firmemente es lo que modula mi experiencia vital.

Durante años, a pesar de vivir una vida cómoda, en pareja estable, enamorada, maternando un hijo que es un regalo, un buen trabajo, una buena situación familiar, en general, una buena tranquilidad externa, mi cuerpo me contaba otro cuento. Manifestaciones de tensión corporal, contracturas, algunas intolerancias alimentarias, inflamación general, agotamiento físico y estrés habían generado en mí una creencia de base totalmente inconsciente: "la enfermedad me ataca continuamente". Mientras vivía con intensidad mi vida amorosa, disfrutaba mi maternidad y lideraba con entusiasmo y profesionalidad mis equipos de trabajo, lo hacía en base a otras creencias: "el Amor es la fuerza más poderosa". Así que era como un baile entre una certeza profunda y secreta —el amor y la paz es lo único verdaderamente importante— y todos los otros pensamientos que yo había generado y contra los que a la vez luchaba, me enfadaba, no aceptaba, incluso me avergonzaba. Lo que acababa en nuevos pensamientos totalmente inconscientes que se resumen básicamente en: "soy incorrecta" o "el mundo es muy injusto"... creencias sustentadas y alimentadas por mí, sin que yo me diera cuenta en absoluto y que con el paso de los años se iban intensificando: cólicos de riñón recurrentes, intolerancia prácticamente a todos los alimentos, estrés crónico.

Todo esto acompañado de un seguimiento médico donde la medicación para acallar los síntomas era la única respuesta, y de todos los cursos, talleres, libros y experiencias de crecimiento personal que encontraba y que intuía que podían ser, por fin, la respuesta que estaba buscando fuera de mí. Y si por supuesto, todas las experiencias me ayudaron, mejoraba de manera temporal y ampliaba mis dudas sobre todo lo que creía de mí y del sentido profundo de la vida. Estaba cansada, muy cansada.

Los primeros episodios de ansiedad y de presión aparecieron. 6 meses de baja, medicación y a continuar. Tres años después y tras el fallecimiento de mi padre, una serie de sucesos de naturaleza espiritual inexplicables para mí y un nuevo episodio de ansiedad y depresión me asoló, como una gran ola que me engulló. Tras un diagnóstico de mi doctora de cabecera de "depresión y una propuesta de medicación crónica", a la vez que la psiquiatra de la mutua ratificaba en 21 minutos de atención con el test de Hamilton: depresión leve y ansiedad leve, y recomendaba mi reincorporación laboral como herramienta de recuperación, sentí por primera vez en mi vida que algo más grande que yo, o lo que yo creía sobre mí, me estaba informando de que era el momento de parar. De asumir que en realidad no sabía nada. Estaba "harta de estar harta". Sólo quería dejar de luchar y rendirme a un susurro muy sutil pero que sentía muy certero: me impulsaba a dejar de actuar y empezar a observarme con Amor y Humildad, que me invitaba a darme cuenta de que desde la rendición y la aceptación, una nueva información llegaba a mí.

No me estaba dando cuenta de que estaba plantando una pequeña semilla de consciencia, me estaba comprometiendo con un anhelo profundo de vivir en paz y en amor, que siempre había estado ahí, aunque no sabía cómo, no sabía ni por dónde empezar. Así empecé en la búsqueda del alimento espiritual. De manera inexplicable para mi razón, un tambor chamánico y una nueva visión holística de mí misma, de unidad y conexión con el mundo, me empujaban a dejar de identificarme con todo mi mundo mental actual, para abrirme a una nueva realidad. Mi mundo mental genera mi mundo emocional y estos generan una realidad energética que determinan mi experiencia y mi salud holística. Un nuevo pensamiento se construía de manera sólida: Vivir desde la Calma y con Amor, mi único propósito.

Convertirnos en testigos y no en jueces, desde una mirada amorosa y curiosa, con una infinita paciencia hacia nuestro conjunto de pensamientos, creencias y valores como espectadores de nuestra película de vida, es un inicio importante para generar de manera consciente cambios en nuestra percepción del mundo. Esta percepción es lo que modula el conjunto de emociones y sensaciones que experimentamos, que me da la información de mi grado de bienestar o de la falta de él.

Dos años después, tiempo determinado por mis propias resistencias, y de manera progresiva, han remitido todos los síntomas. He recuperado totalmente mi salud holística (física, mental y energética).

Entonces, ¿crees que tus experiencias de vida moldean tu base de pensamientos, creencias y valores? o ¿son tu conjunto de pensamientos, creencias y valores los que determinan tu experiencia de vida?

Te leo tu respuesta.
Ana Corchero.

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